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PICANTERIA "¡SALUD...HASTA LOS PORTALES!".
La picanteria arequipeña merece un canto. Un canto a su recuerdo,
desaparecido del centro urbano y casi de los suburbios, para refugiarse
tímidamente en los distritos, medio convertida en cantina, donde la
cerveza ha reemplazado a la chicha.
Los viejos arequipeños añoran aún la hora de los picantes, a punto de
tres de la tarde, cuando escribanos y doctores abandonaban su quehacer
para enrumbar hacia la mesa común de la picantería prometedora de
capitososo platos, de colorados rocotos y sápida chicha refrescante del agudo
picor de la viandas.
Y las señoras de la casa, que por pudor social no se atrevían a
frecuentar la picantería, mandaban al "corito" o sirviente con su jarra y sus
platos para mercar los picantes y la jora.
Eran tiempos en que la picantería se aposentaba muy cerca, a pocos
metros del Palacio del Obispo, en la Calle Santa Martha. O en la calle de
Ejercicios, cerca de la Plaza de Armas o en Guañamarca y Ayacucho,
Jerusalen y San Lázaro, por no hablar de la Antiquilla.
Tenían entonces los nombres más curiosos: El Pato, Los siete Palitos,
La Pelea del León con el Tigre, el Combate de Angamos, el Sebastopol,
el Campamento de la Reina, la Calienes, el Cerrito de San Vicente, el
Gramadal, etc.
En cada una de ellas oficiaba en la cocina la dueña de la picantería,
una "misia", rolliza, con el cabello sujetado en trenzas o coronando
imponentemente la testa en un brioso moño. Un delantal sujeto en la
cintura hacia resaltar la prominencia ventral y bajaba hasta media
pantorrilla, en torno de las anchas y cuneantes caderas y por debajo del
opulento pecho flanqueado por robustos brazos remangados hasta el codo.
Jovial, hacendosa, con el rostro sudoroso y rosagante, la dueña era el
primer personaje de la picantería, revolviéndose afanosa en la cocina,
donde en grandes fogones hervían los pitosos picantes un poco más
lejos, las obesas chombas grasientas y cubiertas con una costra de mugre,
atesoraban las delicias de la chicha cubierta de nata oscura y
burbujeante.
Personaje no menos importante en la picantería era el "brazo", el
marido de la dueña, zángano bebedor y aparente mantenedor del respeto de la
casa.
Se trasladaba de mesa en mesa, recibiendo los convites de los
comensales, repartía las buenas tardes a granel y desde temprano iba aceptando
los homenajes de vasos de chicha y copas de "resacao", que bebía muy
seriote y, tras el "gracias compadre", limpiábase los labios con el dorso
de la diestra y seguía hasta que las sombras de la noche llegaban con
ella la modorra de la chicha, el canto monótono del yaraví y el desfile
de hombres y mujeres hacia el corral, para "desaguar", cual se decía en
la jerga de chichería.
No menos importantes eran las "hacedoras" ayudantes de la picantera,
que pelaban papas en temprana hora, lavaban la carne y las verduras en la
acequia vecina y apretaban afanosas las "seisunas", lienzos pringosos a
manera de coladores de la chicha, en los que quedaba el "anchi" es
decir la jora hervida e inútil.
Tenía la picantería su ritual, cuando entraba la partida de hambrientos
y sedientos comensales, salía la dueña e invitaba un "bebe" del
"cogollo" es decir, un vaso de chicha más pequeño que los usuales, cogido de
la flor del cocimiento, fresca para los paladares y prometedora de las
delicias culinarias y bebedizas; y aposentados en torno de la mesa
cubierta con hule o con mantel de muy dudosa limpieza, se esperaba el
servicio, se pedía por "vasos", es decir que a cada vaso de chicha
acompañaban cuatro platos pequeños con cuatro guisos diferentes. Y si eran cinco
los comensales, floreaban en la mesa cinco vasos y veinte platitos, que
presto desaparecían devorados entre bebes y bebes, largos y prolongados
sorbos de chicha.
Casi todos los picanteros eran diestros en el consumo de rocotos;
partidos en tajadas condimentaban los sabrosos picantes, haciendo resoplar a
sus consumidores, que recurrían a la chicha para aplacar el ardor
enervante, que les obligaba a respirar aire mitigador del picante, que a
veces era tanto que hacía derramar lágrimas y producía copioso sudor.
A punto de seis de la tarde, cuando las sombras invadían la picantería
y los perros deambulaban por debajo de las mesas en busca de los restos
de comida, se encendían las lámparas o brillaban tenues las bombillas
de luz amarillenta. Entonces salían a relucir las botellas de "resecao"
o anisado, junto a una copita con la que por turno bebían todos. Eran
el "bajamar" para "asentar la chicha" y para que el adobo o el chanco al
horno no hiciera daño. Medio aplastados en las bancas por la copioso
comida y la abotagante chicha, el licor que ingerían llamaba a la dulzura
del reposo, aparecia la viguela encintada que alguien siempre sabía
tocar.
Así era la picantería, donde los "querqueres" atrasados inventaron el
"escribano" para saciar sus ansias de picantes, cuando ya nada quedaba
en las ollas de barro cubiertas de hollín grasoso, adherido a
perpetuidad al barro de la vasija. Aparecían entonces sobre la mesa las papas
sancochadas, abundantes rotocos y tomas que, picados en revueltos con
aceite y vinagre, formaban una ensalada sápida y picante, que llamaba a la
chicha, en cantidad. Y ni qué decir de las galanuras que surgían entre
varones y damas. Aquellos cogían de sus platos los mejores bocados, les
adornaban con todos sus condimentos y, gentiles y finos, daban el
bocado por propia mano a los tiernos labios femeninos, que los recibían
agradecidos por tanta caballerosidad y delicadeza.
Y también surgían los retos varoniles: Hasta los portales compadre! E
invitador e invitante debían beber y beber del enorme vaso hasta el
límite indicado.
Picantes, chicha, música, placeres de vida aldeana y sencilla, a lo más
salpimentado con algún pellizco a las carnes túrgidas de las
"hacedoras" o un chicoleo a la dueña buenamoza, eran los componentes de esta
institución arequipeña, que además, desempeñaba la alta función social de
alimentar a la gente humilde.
En las mañanas, la dueña preparaba el almuerzo para trabajadores y
campesinos que acudían a la picantería. Un "chuppe" que colmaba el plato y
sbía en cúmulo de papas y carne, o un "viernes" con un camarón que
desbordaba el plato, eran suficientes para dejar ahito a cualquiera; a lo
cual se agregaba el vaso de chicha reparador. Cuando había algún
dinerillo demás, se pedía, el "fino", consistente en un salpicón o un picante
servido en pequeño plato.
Decenas de gentes humiles desfilaban entonces por la picantería para el
yantar diario, dejando a cambio 20 ó 30 centavos.
Hasta que vino el progreso que ahuyentó a la picantería y la arrojó
hacia las aldeas del campo, donde aún se resisten algunas, luciendo su
colorado pendón flameante en un palo que sale oblicuo de las puertas
destartaladas, como un reclamo para los buscadores de picantes y para
quienes se lanzas en la búsqueda de conejos "chactados" de un timpo de rabo,
de una matasquita o de un "loro" verdoso yacente al lado del "llatan"
que incitará a beber.
Así era la chichería de Arequipa, olorosa a picantes, a jora, a perros
y chicos sin calzón. Con alguna oleografía o toscos frescos obra de
algún pintor que los cobró en comida, con paredes y techos a las que humo
y hollín volvieron plomizos y veteados, con su piso de tierra apisonada
y su corral interior, donde algún chancho en ceba ozaba el concho de la
chicha mezclado con el "anchi", al pie de un sillar o de una piedra
labrados en su centro, a manera de cazo, mientras decenas de gallinas
escarbaban el suelo al paso de pequeños conejos huidizos. Había mugre y
risa, eructos satisfechos y chicoleos bastos, sana filosofía de rocotos y
"bebes" y hasta en algunas las gentes de la gleba oculataron el rumor
de las voces conspirativas de los líderes de las revoluciones.
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