Arequipa,  
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AREQUIPA DONDE EL SOL SUEÑA QUE ES SILLAR

Enmarcada por tres volcanes, el Misti, el Chachani y el Picchu Picchu, muchas veces coronados por la nieve, está una ciudad regalada por el rio y la luz en la que se expresa la mixtura del mestizaje. Arequipa, fundada en 1540 por Manuel García de Carbajal, muestra una identidad propia. Antigua casona de viejas fachas talladas en blanco sillar atraen las miradas. La arquitectura arequipeña es uno de sus más preciados tesoros.

Original estilo, que se consolida a finales del siglo XVII, a partir de la superposición del barroco italiano, el plateresco español y la huella andina, y que se vincula también con su particular, geografía, exhibe un magnífico juego de luces y sombras.

No en vano las más bellas fachas de iglesias y casonas se orientaron, intencionalmente, de cara el norte o al sur, dejando que los traviesos rayos del sol recorrieran la piedra durante muchas horas para darle movimiento a sus relieves. Las sombras que se despliegan sobre la blanca "ciudad".

A un lado de la Plaza de Armas, el corazón de la ciudad, se yergue impotente la Catedral. Reconstruida por Lucas Poblete en 1844, luego de un incendio que la destruyó , está edificada en sillar. Su púlpito tallado en madera por "boisini'Rigot en Lille (Francia) en 1879, está sostenida por el rebelde ángel caído. En una de sus torres se conserva la "Montonera", la campana mayor, cuyo tañido es tan poderosos que puede oírse a kilómetros de distancia.

También al lado de la Plaza, la iglesia de la Compañía, se revela ante los ojos asombrados de los visitantes. Su portado principal se terminó en 1698 y fue tallada en relieve de superficie. Los jesuitas, que llegaron a la ciudad en 1578, construyeron primero una pequeña capilla. Luego, al ampliarla, se dio origen a la actual iglesia. Muy cerca se encuentra el claustro, de una sola planta y columnas ricamente adornadas, cuya construcción se inició en 1723. Desde los techos, las gárgolas de piedra se asoman en actitud de vigilante propia del puma, felino utilizado en la ornamentación peruana desde la época precolombina.

La antigua sacristía de la iglesia, conocida como la Capilla Sixtina de Arequipa, fue resultado del trabajo de anónimos artistas indígenas, quienes imprimieron en su obra el color y los motivos propios.

En Arequipa, Patricio Ricketts nos habla de "la ciudad de Dios. Ello se debe a que la "ciudad" ostenta la friolera de diez conventos de frailes y monjas, que son otras tantas "ciudadelas".

Santo Domingo, que ocupa una manzana, fue construía de ladrillo y sillar entre 1677 y 1680. San Francisco, con su apacible plaza, vive rodeada de jacarandás.

La Merced (varias veces reconstruida) luce un barroco altar mayor de tres cuerpos y tres calle; posee, además una valiosa biblioteca. San Agustín conserva su portada de la primera mitad del siglo XVIII.

Santa Teresa pertenece a la orden carmelita. San Lázaro, pequeña ermita, se halla incrustada en el barrio más antiguo, aquel de estrechas calles que invitan a deambular, a descubrir la vida de la ciudad. En el margen derecha del río Chili se eleva La Recoleta franciscana: sus claustros se impregnan de la austeridad de la Orden.

En su silencio, los conventos guardan tras sus muros pequeñas ciudades, secretos e historias que allí se gestaron.


 

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