Arequipa,  
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CONTRA EL TIEMPO

La ciudad se ha empeñado en preservar su identidad en los muros de sus antiguas casonas, donde contrasta la piedra blanca con el intenso cielo azul. Impresionantes rejas forjadas por hábiles artesanos protegen sus ventanas. La historia de Arequipa puede leerse en algunas de ellas, como la Casa del Moral, del siglo XVIII, que debe su nombre a un centenario árbol de moras que permanece aún en su patio. En ella se respira al atmósfera de la época. La casa de Tristán del Pozo, construida en 1738, exhibe una espléndida portada. Al trasponer una maciza puerta decorada con clavos y aldabones de fierro, se accede a una serie de amplios y espaciosos patios decorados con tallas de piedras, custodiados desde sus esquinas por gárgolas con rasgos felinos.

El Palacio Goyeneche, reconstruido a fines del siglo XVIII, enmarcado por patios y elaboradas rejas, es también una huella de la recia voluntad arequipeña. En realidad toda la ciudad lo es. Además, son innumerables e indescriptibles las muestras del empeño o trascender, como lo atestiguan la piedra de éstas y otras casas, como las Casa Ricketts o Ugarteche, la de la Moneda o la Casa Quiróz, de 1794, en las que se percibe el espíritu de la ciudad.

El valle, el río, la luz. La naturaleza discurre libre en la campiña. Juegos de colores y frescura de campo. Al salir de los límites de la ciudad, el verdor es incontrolable y el sol parece deshacerse de las sombras. Cerca de la ciudad está Paucarpata, extensión de andenes, el clima seco y cargado de electricidad se siente con más fuerza.

Unos kilómetros más allá, a una hora de viaje desde la ciudad, se extiende Sabandía, un pequeño pueblo dominado por el Misti y el Chachani, cerca del cual se halla un Molino del siglo XVIII. El viejo molino contrasta con la verde campiña. En él se mantiene la sólida y rústica arquitectura de piedra y aún se conservan las prensadoras originales.

Sin duda se impone vagabundear por los alrededores de Arequipa. No sólo por lo gratificante que resulta el hecho de soñar en su campiña, sino porque en las cercanías se puede descubrir otros atractivos. Yanahuara, muy cerca de la ciudad, mantiene el encanto de las poblaciones rurales. La Portada de su iglesia es una muestra de variedad y riqueza expresiva. Desde el mirador se domina el paisaje que, por cierto, está marcado por la permanente vigilancia de los volcanes.

Un poco más arriba está Cayma, en la que originalmente se levantó una pequeña ermita en el siglo XVI, reconstruida en diversas oportunidades. Allí la magia está también presente. Como lo está también aunque de modo distinto, en Yura, al pie del Chachani. O en las canteras del sillar de las que se arrancó la piedra que viste Arequipa.

 

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