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EL YARAVI
Una tristeza, un cantor y una guitarra....
Hay que vivir en Arequipa para sentir el yaraví, porque la música y la
letra de esta expresión musical popular se consustancia con la
idiosincrasia del hombre arequipeño. Tierra y habitante, en Arequipa, forman un
cabal unidad tan acentuada, que se explica por razones étnicas y
telúrica. El arequipeño es el resultado de esta fusión que alcanza
características propias.
Arequipa, según apunta Victor Andrés Belaúnde, fue el primer centro de
población blanca en el Perú, durante la colonia; y al crearse el cholo,
arequipa es según señala César A. Rodriguez--el laboratorio doliente
del más puro mestizaje en el país, cuyos componentes emocionales son
trágicos. Y agrega que por su aislamiento geográfico es Arequipa una ciudad
sin elocuencia, sin externidad.
Tal vez sea ésta la explicación del nacimiento del Yaraví de Melgar,
porque para producirse sólo se requiere de una pena o una alegría, un
cantor y una guitarra. Lo demás, huelga e incluso el paisaje exterior
desaparece en un fondo lejano para dar paso al intimismo.
La música del yaraví tiene la dulce tristeza del abandono y la rara
capacidad de llevar a lo más profundo del alma popular, pero no como
captación masiva, sino íntimamente particular y personal. Y quienes lo
escuchan no viven lo que el verso dice, sino su propio verso. Musicalmente,
Arequipa es el yaraví, es canto íntimo de atardeceres, cuando muere la
luz y la melancolía se torna opaca la mirada. Hay en el yaraví el acorde
desolado de la pampa y el horizonte que mira hacia el lejano mar
estático. Se diría que es música de soledades, porque nació en un corazón
solitario y transido. En las vihuelas, cuando brotan los acordes del
yaraví, el cholo se torna trágico y abandonado y hasta la voz se le quiebra
y ulula, pues a más de causar dolor la triste música y amargura su
letra, parece transportarlo hacia añoradas épocas lejanas, cuando la aldea
grande se sumía en el silencio y las sombras buscaban cobijo en los
quicios de las puertas, huidas de las luces opacas de los espaciados
faroles callejeros, mientras detrás de las ventanas de rejas floridas
suspiraban las doncellas al escuchar el silbido lejano de los galanes
envueltos en la oscuridad.
El yaraví, en la época de Mariano Melgar, cruzó el linde de la aldea y
voló por el sur del Perú y el Alto Perú, hasta Tucumán, en las voces y
las guitarras de los traficantes y de los soldados de Goyeneche y
Tristán. Y al morir el Héroe de Humachiri se tornó en símbolo no sólo del
amador romántico y de su Silvia inalcanzada, sino de Arequipa mismo,
rebelde, revolucionaria y patriota.
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